Margarita

Margarita

Era viernes. Margarita iba caminando con su mamá para ir al cole. Repito, era viernes y, por eso, no iba ni agarrada ni en brazos de su mamá, ni llorando ni con los ojos cerradísimos. No. Eso pasaba los lunes. Y, como efectivamente este era el quinto día de la semana, Margarita podía caminar libremente a su lado. También era otoño y eso hacía que hubiera miles de hojas de diferentes colores en su camino. Margarita las iba juntando:

—Esta es para ti, esta es para la maestra Teresita, esta es para Macos. 

—Marcos, Margarita, MaRRRRcos —se impacientaba la madre, para que su hija nombrara bien a su amigo.

Ella practicaba, pero no le salía. Igual, no importaba porque él la entendía perfectamente. Cada vez que en el patio del recreo gritaba “¡POR MACOS!”, él salía de su escondite refunfuñando. Margarita siempre lo encontraba. Sería injusto pasar por alto que Marcos elegía escondites muy buenos. Pero lo que sucedía era que se asomaba para espiar, y no asomaba un ojo… Marcos asomaba todo el cuerpo. Y entonces, con todo el cuerpo fuera, su amiga lo encontraba. 

Ese viernes no fue distinto. Salieron al recreo, Margarita contó hasta treinta —saltándose algunos números— y, minutos más tarde, se pudo ver a Marcos con los brazos cruzados y la cara larga saliendo de su escondite. 

Una vez de vuelta en clase, la maestra les repartió a cada uno una hoja en blanco y  puso una lata llena de colores en todas las mesas. Les propuso dibujarse a sí mismos. Acto seguido, Margarita empezó a imaginar y planificar su dibujo. Luego, se levantó y fue hasta el espejo que había en la clase. Se miró detenidamente y comenzó a dibujarse; quería hacerlo lo más real posible. Para eso, necesitó pedir prestados algunos colores que no le habían tocado en la lata de su mesa. Además, una amiga le prestó unas brillantinas y eso hizo que algunas partes de su dibujo que parecían un poco oscuras, se iluminaran. Le llevó un rato representarse en el papel. Hasta este momento, nunca había sido tan detallista. No era la primera vez que intentaba dibujarse pero, en esta ocasión, decidió darse el tiempo y el lugar.  Cuando lo terminó, se pudo ver en el papel. Se lo mostró a Marcos y este dijo que era chulísimo y que se parecía mucho, mucho a ella. Él le mostró el suyo. Marcos se había dibujado con una capa. A ella le pareció excelente porque Marcos, cuando corría por el patio, lo hacía elevando su brazo con el puño cerrado y siempre le parecía que su amigo volaba.

Después de que ambos amigos pudieron reconocerse, Margarita pensó que sería una buena idea que lo viera su maestra. Así que la llamó, pero Teresita no la escuchó. Entonces gritó:

—¡Seño, Seño, Señooooooooooooo!

Asombrada, la maestra le preguntó qué le pasaba mientras sacaba los cuadernos del armario (aunque estuviera de espaldas reconocía su voz).

Margarita insistió: 

—¡Seeeeeeeeño!

—¿Qué, Margarita? —dijo ella.

—Seño, escucha —contestó.

Ya sentada en el escritorio, mientras abría un cuaderno, le dijo: 

—Te estoy escuchando, ¿qué necesitas? 

Y Margarita, con todas sus fuerzas, le dijo:

—Necesito que me escuches, pero que me escuches con toda la cara.

Este relato deriva de una anécdota que me ha contado una compañera de un curso hace varios años atrás. Margarita, en ese entonces, tenía 5 años. Una niña que vive “del otro lado del charco” en Buenos Aires, Argentina. No la conozco, ni conozco su verdadero nombre. Pero esta niña, con la sabiduría que tienen nuestras infancias me ha convocado a pensar en lo importante de las miradas.

Ser mirados, ser reconocidos, ser frente a un otro, ser frente a nosotros mismos. Ser

Algunos sufrimos por ausencias de miradas, otros sufrimos por sentirnos demasiado mirados.  Este sufrimiento no distingue edades, géneros ni culturas. Todos los seres humanos necesitamos la mirada.

Los invito a pensar, entonces, cómo fuimos mirados, a lo largo de nuestra historia. Podremos descubrir lo que hemos hecho con tal de ser mirados, tenidos en cuenta, y otras tantas cosas por intentar desviar la mirada de los otros, o nuestra propia mirada. 

Mindfulness será, entonces, un llamado a la mirada amable y sin prejuicios.  Si cerramos los ojos y nos disponemos a la práctica, nos estaremos invitando a mirar lo que acontece dentro, en la vida cotidiana nos dispondremos a mirar lo que acontece fuera.  

Margarita pide y grita ser escuchada con toda la cara. Reclama una escucha activa, con presencia y abierta a lo que es.  

¡Ojalá nos animemos a imitarla!

 (Autora: Lic. Cecilia Menéndez Pardo, Alumna del Máster en Intervenciones profesionales de mindfulness 2023



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