He probado mi silencio interior | Josefina Ruiz Sierra

 

He probado mi silencio interior y saboreo el regustillo.

Las palabras no lo expresan, me cuesta encontrarlas, no llegan a mí para narrarlo.
Solo siento. ¿Solo? ¿Tan solo siento? Ahora sé que eso es precisa y simplemente
TODO, y viene a mi mente el poema «Mares», de Juan Ramón Jiménez:

Siento que el barco mío
ha tropezado, allá en el fondo,
con algo grande.
¡Y nada
sucede! Nada… Quietud… Olas…
— ¿Nada sucede; o es que ha sucedido todo,
y estamos ya, tranquilos, en lo nuevo? —

Cuando el silencio está en mí, cuando llego a mi silencio, TODO cobra sentido, encaja, se ensambla y ¿me reconozco? Tal vez todavía no completamente, pero atisbo en mí, un yo, que descubro ahora que estaba aquí y me asombra, me maravilla. ¿Soy
yo? ¿Así soy yo? Sí, ahora sé que ese apunte, ese boceto de mí, que empieza a hacerse más patente, ¡soy yo!

Y descubro que, con todo, me gusto y me observo saboreando el silencio.

El título de la comedia francesa ¿Por qué las mujeres siempre queremos más? en mi caso, en mí película, sería: ¿Por qué esta mujer siempre se pide más?

He vivido, o mejor dicho, he dejado pasar por mi vida las mil y una experiencias; coleccionándolas, acaparándolas, tal vez, además un poco o un mucho, por y para los demás. Acumulando más compromisos, más trabajo, más tiempos llenos de ruidos y gente, siendo «la más activa», «la que no para», «la que puede con todo», «el rabillo de lagartija» y con ello matando silencios y restando tiempo a lo importante: los míos
y yo misma. He llenando silencios y tiempos vaciándome yo, sin conocerme, sin estar conmigo. Tener por tener, hasta los proyectos de vivencias se quedaban en ilusiones de poseer por poseer, acumular por acumular, desear por desear… En definitiva, vivir
por vivir. Y ahora descubro que lo más importante era vivir para vivir. Observar y sentir lo que estaba aquí y que la venda en los ojos de la rutina, del más y más, del deseo y quiero, de las cargas, culpas y vergüenzas del pasado no me dejaban ver. Me he encontrado con ello en mi silencio, me he encontrado conmigo misma. ¡Puesencantada de autoconocerme! Sé que nos vamos a llevar muy bien.

Cuando esta pandemia irrumpió en nuestro mundo, yo comenzaba a integrar el mío en el universo del Mindfulness. Mi vida entonces estaba atravesando una tormenta en el mar. No tenía muy definido el puerto de amarre y el vendaval y el oleaje me habían
distanciado aún más de mi rumbo. Me había lanzado a navegar sin poner mi cuerpo, mi mente y mi corazón a son de mar. No había trazado derrota a seguir, solo luchaba contra la tormenta, sin haber estibado mis cargas. Tampoco las había sostenido o soltado, según me fueran necesarias o inútiles. No me había parado ni tan siquiera a observar lo que tenía encima o a mí alrededor. Me dejaba arrastrar, sin más.

Y así estaba el día que varé en una ensenada de la costa, en un Rincón de calma y quietud y me tope con el presente. Los ojos se me abrían de asombro, y alguna lagrimilla de emoción se juntaba con los rociones de la tormenta en mi cara. Tenía los oídos a pleno rendimiento y mi sonrisa fluía sola y se quedaba, se instalaba en mi rostro, y mi pecho se hinchaba y saboreaba el mundo. Sentía, ¡vivía!

Me propuse trazar nuevo rumbo a seguir, observe mis lastres, mis luces, mis sombras, todo lo que soy, y todo lo que la tormenta había dejado dentro y fuera de mi barco: algas, agua y suciedad en cubierta, desorden y caos de enseres y alguna que otra fractura o daño. Pero también dejó paz, ese sosiego que da la naturaleza libre de la intervención humana. Miré al sol radiante y al mar transparente y en calma que ahora
me rodeaban. Limpié, reparé, ordené y solté. Aligeré carga de mi nave. Puse a punto la forma y el trimado de mis velas y la marea y el viento nuevo hicieron lo demás: elevaron mi quilla, ¡bendita quilla que vara cuando se la necesita!, e hincharon velas. Y ahora pongo rumbo hacia la nueva etapa de mi viaje, redirecciono, eso sí, bien pertrechada con el gusto del silencio y con los sentidos puestos en mi ruta. Se eleva
mi velero y navego. Doy gracias de nuevo por la varada en el lecho de ese rincón del mar, esa parada impuesta también en esta época, y por la tormenta que me llevó hasta aquí, porque sin ella, mi dirección sería cualquiera o todas.

Durante mi camino seguiré saboreando el gusto de la calma, de la quietud, del sosiego de la parada que me posa en el presente.

Josefina Ruiz Sierra

Junio 2020