La librería ambulante

Rafael Senén y Yolanda Garfia

 

 

Christopher Morley, en su magnífica obra “La librería amblante”, escribía en 1919, de la literatura, algo que, a menudo, todavía ocurre con Mindfulness. Decía que “la gente no sabe que quiere libros (…) La gente no va a ver a un librero hasta que un serio accidente o una enfermedad los hace tomar consciencia del peligro”. Hoy podríamos decir lo mismo de la atención plena. Fundamentalmente se han acercado a descubrir esta disciplina personas a las que el estrés, la ansiedad, el dolor crónico o alguna enfermedad les tiene sometidos con sus cadenas de infelicidad y sufrimiento.

Pero siendo cierto que la mayoría de estas personas encuentran en el Mindfulness herramientas para gestionar mejor su estrés o su ansiedad, o para relacionarse con su dolor o su enfermedad, no es menos cierto que, esas mismas personas, descubren que el aprendizaje de la consciencia en el aquí y ahora, sin juzgar, les posiciona, con la práctica, en una perspectiva de vida diferente de aquella en la que estaban situados antes.

Del mismo modo, y por la misma razón, el significado y la práctica continuada de Mindfulness ofrecen los mismos beneficios a cualquier persona, independientemente del momento vital en el que se encuentre, de su estado de salud, física y mental, y de las circunstancias que le rodean.

Entrenar nuestro cerebro para que sea capaz de estar presente, de manera consciente, en el aquí y ahora es lo que persigue Mindfulness. En definitiva, eliminar el diálogo interno y, al final, el sufrimiento. Y este ejercicio cuenta con un buen número de fundamentos, entre los que nos gustaría señalar los siguientes:

  • La práctica. Es esencial. Sin práctica continuada no alcanzaremos ninguno de los beneficios de esta disciplina. Este ejercicio continuado de nuestro cerebro, de nuestro músculo mental, puede llevarse a cabo de diferentes maneras y se suele diferenciar entre práctica formal y práctica informal. A la primera responden técnicas como la meditación (la más importante), el escaneo corporal, los movimientos y el caminar conscientes… mientras que, a la segunda, lo hacen los comportamientos que presiden nuestra rutina diaria cuando los hacemos con atención plena, tales como la alimentación consciente, la escucha activa, o, simplemente, un paseo sintiendo la brisa y el sol en la cara mienta contemplamos la arquitectura de nuestra ciudad o el perfil del horizonte en el campo…

 

  • El cuerpo. Nuestro único recipiente al que Mindfulness nos invita a regresar una y otra vez porque es el único guía que conoce el camino al presente. Nuestra mente divaga y viaja al pasado y al futuro. Solo nuestro cuerpo está siempre en el presente y nos brinda todas las señales que necesitamos para la práctica. En él se encuentra la respiración, fuente de vida y a la que Mindfulness nos invita atender, ejemplo único de presente porque solo la respiración es presente en nosotros. Y es en el cuerpo donde se encuentran también los sentidos que nos conectan con la vida, pero solo y siempre con la vida presente. Por último, también en nuestro cuerpo es donde habitan nuestras emociones y se manifiestan. El lugar en el que puedo reconocerlas, solo en el presente. Cuerpo y presente, pues, en Mindfulness, son sinónimos. Por eso es tan importante regresar a nuestro cuerpo, a nuestra casa, como dicen muchos autores. Por eso es tan importante cuidarlo, alimentarlo debidamente y ejercitarlo con el fin de mantenerlo saludable.

 

  • La aceptación. Es comprender que la vida se desarrolla también de forma ajena a nosotros, que se suceden eventos que nos rodean y sobre los que carecemos de control. Es entender lo imposible que es controlarlo todo y que solo somos protagonistas de nuestras decisiones y comportamientos. Es reconocer que no podemos hacer cambiar la realidad más allá de lo que está en nuestras manos y que resistirse a este principio nos genera sufrimiento. Todo ello, en la práctica de Mindfulness, compone la aceptación. El fin del sufrimiento no está en la aceptación de los hechos, sino en la aceptación de que lo que nos hace sufrir es querer que las cosas no sean así.

 

  • La compasión (y la autocompasión). Se trata de una cualidad básica de los seres humanos que consiste en el reconocimiento y el deseo de aliviar el sufrimiento de los demás, dando lugar a comportamientos prosociales. Dicho de otra manera, la compasión puede definirse como un sentimiento de profunda simpatía y tristeza por aquel que es víctima de la desgracia, acompañado de un fuerte deseo de aliviar ese sufrimiento. Y la autocompasión implica estar abierto al propio sufrimiento, no desconectarse de él, presentando el deseo de aliviar el sufrimiento y curarse con bondad, además de ofrecer una compresión no enjuiciadora del dolor o de los fracasos, de modo que la experiencia de uno se vea como parte de la experiencia humana más amplia, reconociendo que el sufrimiento y el fracaso forman parte de la condición humana y que todas las personas son dignas de compasión.

 

  • La Observación sin juicio. Consiste en asumir la imparcialidad en la observación de nuestras experiencias internas y externas, siendo conscientes del constante flujo de juicios y de reacciones que ponemos en marcha ante las experiencias, de forma que nos permita estar totalmente abiertos en cada momento, comprendiendo y aceptando las experiencias cuando suceden.

 

  • Ser, no hacer. Mientras que lo habitual es que nuestra mente esté en el modo hacer, con o sin piloto automático, Mindfulness se fundamenta en la existencia alternativa del ser, un estado cuyo objetivo no es conseguir ninguna meta concreta, no hay nada especial que hacer, ni a donde ir. Este estado mental no es espontáneo. Es preciso ejercer, para ser, los tres axiomas de Mindfulness: intención, atención y actitud. El modo ser no se trata de un estado antinatural o alterado, donde toda actividad tiene que parar. Tampoco el objetivo es mantenerse siempre en modo de ser, ya que la realización de actividades intelectuales o de las que conlleven una meta, deben desarrollarse en el modo hacer. Lo que se pretende es no mantenerse instalado sistemáticamente en el modo hacer, atrapados en nuestro diálogo interno. La práctica de Mindfulness nos permite pasar del modo hacer al modo ser de forma voluntaria y consciente, y llevar equilibrio a nuestra vida.

 

Estos fundamentos, lejos de ser una lista cerrada, se complementan con otros conceptos como el “dejar ir”, el “no esfuerzo”, el compromiso, la mente de principiante y algunos otros que, sin embargo, de una manera u otra, subyacen en alguno de los seis fundamentos mencionados. Y sobre ellos, Mindfulness te ayuda a ir construyendo una nueva forma de percibir y relacionarte con la vida y contigo mismo.

Porque para acercarte a Mindfulness, iniciarte en su práctica y disfrutar de sus beneficios, no necesitas, como decía Morley, que un serio accidente o una enfermedad te haga tomar consciencia.

 

Mayo 2020